Recién migrado me percaté de lo primero, acá significo algo para el otro. Y no tiene que ver conmigo, tiene que ver con el otro. No es por mí. La decisión de buscar otro lugar para habitar, era porque el anterior se había vuelto inhabitable. No había lugar para el otro. El Otro no está, no importa, es despreciado, se pisotea, se odia. Jubilados que son pegados y no pagados, enfermos terminales abandonados, docentes embrutecidos adrede. Los que enseñan, los que curan, los jóvenes, los viejos; los enfermos y los sanos, están siendo denigrados. Era muy difícil seguir ahí. No huimos despavoridos, planificamos nuestra partida durante más de un año. No fue un exilio forzado, fue un exilio delator. Elegimos denunciar, dejando de asistir a una locura, a la tergiversación de nuestra cultura, que nos estaba haciendo mal desde hacía muchos años. Teníamos una coartada: un proyecto familiar y social. Desde luego que lo era, aunque promovido por el malestar social.
En Argentina, el neoliberalismo no se limitó a reordenar la economía: logró destruir la narrativa de la otredad, produciendo una subjetividad que ya no se piensa en términos de lazo social sino de síntomas individuales, fracasos privados y méritos personales.